
Hace poco más de un año, comenzó a retumbar en nuestro oídos la propuesta real de una Asamblea Nacional Constituyente de poderes plenos que permita refundar un Estado colapsado por la falta de legitimidad de sus instituciones y por una política corrupta, perteneciente a grupos perfectamente identificados, que con su actuar fueron destruyendo el Estado de Derecho y las oportunidades para quienes no rezaban sus postulados.
El sólo hecho de escuchar una nueva propuesta, de ver una cara nueva, de sentir una corriente ciudadana distinta, hizo temblar a más de uno y emocionar a otros, creándose en la mayoría de ecuatorianos una especie de obsesión por una incierta y hasta desconocida en sus alcances, “Asamblea Nacional Constituyente”.
Luego siguió el debate de los plenos poderes o de los poderes específicos. Todos discutían y sólo unos pocos entendían. Al final, el pueblo entiende de hambre, de frío, de inseguridad, de insalubridad, de sufrimiento, pero no de plenos poderes o mucho menos de sistemas de gobierno o de despolitización de instituciones.
La esperanza de cambio permitió que el proyecto fuera aprobado por la gran mayoría de los ecuatorianos que dijeron sí en las urnas a una aún esquiva refundación del supuesto nuevo Estado. Desde ese momento se inició una larga lista de superficiales discusiones sobre teorías, propuestas, pensamientos, ideales y deseos de los distintos candidatos a asambleístas, unos pocos conocidos, en tanto que los más, completamente desconocidos.
Al final, conocidos o no, preparados o no, la mayoría tiene muy claro que al pueblo no se llega con ideas; que los ciudadanos comunes no entiende de teorías sino de necesidades, y en una rotunda ratificación de que los ecuatorianos hemos dicho sí a ciegas sobre la Asamblea Nacional de Plenos Poderes, en los últimos días nos hemos dado el lujo de escuchar ofertas como éstas:
“Vota por la lista 3 para que bajen los precios otra vez”; “1000 viviendas en cien días”; “La revolución en la redacción de una nueva constitución”; “La patria es de todos, los sindicatos arriba, los empleadores abajo”; “Tengan fe en que todo cambiará”; “Abajo el Estado de Derecho, arriba el Estado de Justicia Social”; “20% de participación de utilidades para los trabajadores”; “Salud para todos”; “Educación para los pobres y más oportunidades de trabajo”; “Seguridad Social, trabajen o no trabajen”; “comida barata”; “Una justicia renovada”; “Se acabaron las injusticias contra los grupos vulnerables”.
Hemos iniciado el escabroso camino hacia la supuesta refundación del Estado. Hasta ahora no parecía tan grave para algunos; sin embargo, hoy por hoy ya es una realidad que la estamos viviendo.
Los medios de comunicación, en su esfuerzo por mostrarnos las mejores propuestas y los mejores candidatos, han dado espacio a un sin número de postulantes a asambleístas, para que pongan en conocimiento de los ecuatorianos sus ideas.
Abogados, escritores, defensores de derechos humanos, economistas, sindicalistas, agitadores sociales, y similares, haciendo muy pocas excepciones, nos desconciertan con sus nada claras, poco precisas, y casi ni estudiadas, teorías o propuestas.
Pero, ¿hacia dónde vamos?
Basta mirar un poco más arriba en el mapa americano y encontrarnos con la Asamblea Nacional de Venezuela, de mayoría gobiernista, cuya dirección está en manos del Presidente Hugo Chávez, quien como lo ha expresado públicamente, “va hacia la construcción de un nuevo modelo social”, fortaleciendo a la par su poder social, político y económico e intentando lograr una transformación a través del silencio de la oposición y de la estatización de la riqueza para generalizar la pobreza.
Si nos ubicamos en el mapa, más abajo del Ecuador, nos topamos con la Asamblea Nacional Constituyente de Bolivia, la cual ha permanecido bloqueada durante más de seis meses después de instalada, lo que ha llevado al Presidente boliviano a llegar a un acuerdo con la derecha para destrabar la Constituyente, aceptando que para aprobar parte de la Constitución son necesarios los votos de los dos tercios de los miembros de la Asamblea, con los cuales no cuenta el Gobierno.
Estos dos ejemplos cercanos de Asamblea Constituyente, al menos nos permiten deducir que estamos entrando a un camino muy complicado.
En el Ecuador de los negociados, de los acuerdos, de los maletines, de las grabaciones y de las conspiraciones, difícilmente podremos lograr que esa Asamblea Nacional Constituyente pueda establecer un modelo de Estado que permita a los ecuatorianos un sistema transparente de desenvolvimiento social.
En el Ecuador de la prepotencia y del ensimismamiento, difícilmente podremos conseguir bienestar para todos.
Y lo que es más grave, la sobre expectativa que la ciudadanía tiene sobre el nuevo acuerdo social, y las mentirosas y no realizables propuestas electorales, llevará a los ecuatorianos a una profunda decepción, a confrontaciones sociales y a un colapso que no sólo terminará por la desaprobación total del actual gobierno, sino que incluso puede acabar de una vez por todas con lo que resta del Estado ecuatoriano.
Tal como está el panorama, me atrevería a decir que he perdido la fe en la Asamblea Constituyente. El problema del Ecuador no es de constituciones, es de su gente, de su cultura, de su idiosincrasia, de su egoísmo.
Aspiro por lo menos, a que este nuevo escenario en donde vamos a ubicarnos no sólo sirva para cumplir caprichos personales de unos pocos, sino que pueda llevarnos a una verdadera reflexión del Estado que queremos y del Estado que merecemos.
Al Ecuador llegó un huracán: La Asamblea Nacional Constituyente. Ojalá los planes de prevención y de recuperación post desastre sean eficaces, de lo contrario, nos quedaremos con una patria devastada que ya no va a poder ser de todos; será de nadie. |