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Año 1 - Número 7 - Julio de 2007 - Guayaquil, Ecuador
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IDIOSINCRASIA DEL PUEBLO ARGENTINO

Por Javier Indalecio Barraza

• Doctor en Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Bueno Aires.
• Magister en Abogacía del Estado título expedido por la Escuela del Cuerpo de Abogados del Estado.
• Master en Administración, Derecho y Economía de los Servicios Públicos título expedido por la Universidad del Salvador-Universidad Carlos II de Madrid y Universidad París X.

Esbozaré en este artículo, algunas características del pueblo argentino, formulando en cada caso una comparación con los norteamericanos . ¿Cuál es la razón de tomar este modelo? Pues nuestra organización constitucional, y en particular nuestra organización judicial, reconoce como fuente primaria el ordenamiento de los Estados Unidos de América.

Algunos pretenden que todas las diferencias entre los norteamericanos y nosotros son económicas. Desde esta premisa, se quiere significar que ellos son ricos y nosotros pobres, que ellos nacieron en la democracia, en tanto que los argentinos somos fruto del monopolio y el feudalismo. Tal diferenciación, me parece somera, pues hay aspectos más profundos que nos diferencian. En consecuencia, descreo que cuando poseamos una industria pesada y vivamos libres de todo imperialismo económico desaparecerán tales diferencias.

En primer lugar, estimo que los estadounidenses expresan por encima de todo, seguridad y confianza en su sistema, todas sus críticas tienden a limitarlo, pero dejan siempre vigente su base estructural. El futuro, aunque parezca amenazador, siempre se presenta como algo predecible y útil. Existe, por ende, una confianza en la bondad natural de la vida, antes que pensar en cosas malas de la vida el norteamericano cree en la vida y sus múltiples posibilidades. Yo mismo, he conocido ancianos de aquellos pueblos que siguen proyectando hacia el futuro como si la vida fuera interminable. Por lo contrario, los argentinos, nos conectamos con aspectos sórdidos de la vida hay una fuerte tendencia en ese sentido. Es decir, ellos son optimistas, nosotros nihilistas. Somos tristes y sarcásticos, ellos alegres y humorísticos. Baste recordar esa nota de melancolía de nuestra música por excelencia: el tango, que alguna vez fue definido como “un pensamiento triste que se baila”.

Por otro lado, tenemos una fuerte tendencia hacia la contemplación del horror y su familiaridad de trato. De ahí nuestros Cristos ensangrentados de las iglesias pueblerinas, rasgos notables de nuestras creencias, a diferencia de las iglesias protestantes y puritanas, carente de estos símbolos. Nuestro culto a la muerte, en ellos se traduce en culto a la vida.

Ellos son crédulos, nosotros creyentes. Ellos son previsores, nosotros imprevisibles. Nuestra historia institucional muestra esa falta de previsibilidad y cálculo propia de nuestra idiosincracia. Nuestros ensayos constitucionales y acuerdos previos fueron desencuentro, diatriba e incógnita.

A ellos les gustan los cuentos de hadas, a  nosotros  los mitos y las leyendas. Los argentinos, tenemos una fuerte propensión a transgredir la norma, uno de nuestros rasgos particulares es la mentira, y mentimos por desesperación, para superar la vida sórdida o, tal vez, por fantasía. Ellos no mienten, pero la verdad verdadera, que siempre es desagradable, se sustituye por una verdad social. De ahí que los norteamericanos tan solo quieran ver la parte positiva de la realidad. Desde la infancia se somete a hombres y mujeres a un proceso inexorable de adaptación a ciertos principios contenidos en breves pero eficaces fórmulas, repetidas por los medios masivos de comunicación, las iglesias, y las madres -esos seres bondadosos- vehículos fundamentales de la cultura. Obviamente, esos esquemas, como una planta en una maceta que puede culminar por ahogarse, sino se realizan los transplantes oportunos y necesarios, generan en los seres humanos violentas rebeliones individuales, porque la espontaneidad, a veces, se venga -de manera sutil o terrible- cuando la intimidad resulta devastada por la árida victoria de los principios sobre los instintos .

Por lo demás, tal como refiere Sábato, los argentinos tenemos una fuerte propensión a la melancolía y un sentimiento de exilio que aún no ha cesado.

Somos desconfiados, ellos son abiertos. Esa desconfianza, nos ha hecho herméticos, y ese hermetismo muestra hasta qué punto consideramos peligroso el medio que nos rodea.

Ellos quieren comprender nosotros contemplar. Son activos, nosotros quietistas. Ellos creen en el trabajo, hacen un culto por el trabajo mismo, también creen en la felicidad, pero acaso no conozcan una verdadera embriaguez y un torbellino. Para nosotros “vivir” implica salirse de los cánones normales.

Ellos creen que el mundo es algo que se puede perfeccionar, nosotros vemos al mundo como algo que se puede redimir.

El dinero, entre ellos tiene un valor fundamental. Sus religiones propician el ganar dinero como una forma de salvación, la salvación por la gracia. El puritano es aquel que a pesar de haber ganado fortunas sigue trabajando, pues debe demostrar a Dios que es el mejor.  Contrario, a nuestro modo de sentir, donde hacemos un culto de la pobreza. De hecho es usual, ocultar el monto de nuestras ganancias, si es que ganamos mucho, pero es fácil hablar cuando ganamos poco.  Nuestros héroes, San Martín, Belgrano, entre otros, se los recuerda y se exalta su pobreza.

Ellos creen en sus jueces, nosotros no.  El estoicismo es una nuestras virtudes guerreras y políticas. A diferencia de  aquellos, que disfrutan de sus victorias. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes  ante el dolor y el peligro. Desde niños se nos ha enseñado a sufrir con dignidad las derrotas. Y, si por esas casualidades, no podemos ser estoicos debemos ser pacientes y sufridos. La resignación, es una de nuestras virtudes populares. Así, más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.
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