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Año 1 - Número 5 - Mayo de 2007 - Guayaquil, Ecuador
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MONSIEUR LE PRÉSIDENT

Por Rafael Domingo

Director de la Cátedra Garrigues de Derecho Global de la Universidad de Navarra y Presidente del Maiestas Institute (España).
Catedrático de Derecho Romano.

Tras la victoria electoral de Nicolas Sarkozy, candidato de la Union pour un Mouvement Populaire (UMP), Francia se prepara para enfrentarse al reto siempre postergado de la reforma. Las elecciones presidenciales han sido un tour de force en el que los candidatos, aunque antagonistas ideológicos, lograron catalizar el afán renovador que reclamaba la población. Así, ambos contendientes controlaron a las vacas sagradas de sus partidos antes de lanzarse a la carrera por el Elíseo. Sarkozy luchó contra una oposición cainita en el interior de su movimiento, que incluyó acusaciones de relevancia penal en el caso Clearstream por tráfico de divisas. Ségolène, de la mano de su compañero sentimental, François Hollande, intentó infructuosamente remodelar el partido. Tal vez no lo consiguió.

Francia despierta de un largo letargo. El sagaz Sarkozy cuenta con el apoyo de un pueblo cansado, identificado con el diagnóstico preciso sobre la realidad francesa que realizó con vehemencia el ex Ministro del Interior. A esa vena realista, y a un patriotismo calculado, el nuevo Presidente debe la victoria. Si bien su figura maquiavélica despertaba recelos entre los moderados, su campaña reafirmó lo que muchos franceses pensaban: la crisis comenzó hace tres décadas merced a la cohabitación de la derecha con la izquierda. Ségolène Royal, por el contrario, defendió a lo largo de su campaña que el hundimiento de la República se debía, ante todo, a un lustro de gobierno conservador. Como han señalado algunos comentaristas, si bien Sarkozy se parece al Doctor House —a nadie le cae bien, pero el enfermo confía ciegamente en él—, Ségolène Royal sería, en cambio, la protagonista de Grey´s Anatomy: se le mueren los pacientes, pero es atractiva y carismática.

Sin embargo, Royal tuvo su oportunidad. Con relativa frecuencia, un debate televisivo de cara a la segunda vuelta permite al candidato menos votado cambiar el rumbo de las elecciones. Sin embargo, el debate fue mal conducido por Madame Royal, que intentó satanizar a su adversario por todos los medios, dando la impresión de estar desesperada y dejando el terreno libre a las propuestas de su oponente. Al final, ganaron las ideas y no las personalidades.

Transcurridos los comicios, cabe interrogarse sobre el futuro de Francia. Su nuevo Presidente habrá de lidiar con cuestiones fundamentales para la marcha de la República, cada cual más problemática que el anterior. En el tema de la inmigración, Sarkozy tendrá que dejar a un lado la imagen de los disturbios que asolaron París y otras capitales de la nación en 2005, cuando era Ministro de Interior. En este asunto, el sefardí se ha movido con calculada beligerancia. Sabiendo que es uno de los caballos de batalla de la ultraderecha de Le Pen y buscando captar los votos del extremismo ultranacionalista, llamó “escoria” a los vándalos de las banlieue. Sin perjuicio de ello, no ha dudado en sostener, haciendo gala de voluntarismo renaniano, que la identidad nacional no es una cuestión étnica. Además, está dispuesto a financiar mezquitas con el fin de evitar que lo hagan integristas ricos interesados en propagar el radicalismo islámico. En efecto, preservar el Islam moderado es clave para el futuro del país. Y Sarkozy lo sabe.

En política exterior, el Presidente electo fue, sin duda, muy superior a Royal. Mientras la socialista intentaba convertir la segunda vuelta en un referéndum anti-Sarkozy, manteniendo la elección en un plano esencialmente local, él, más hábil, proponía relanzar la Unión Europea con un tratado menos presuntuoso que la fallida Constitución, ratificado por la Asamblea y no por las urnas. Es evidente que Monsieur le Président es un pragmático que no está dispuesto a recorrer senderos inútiles o frustrantes. Razones no le faltan: los tres candidatos más votados en las elecciones eran partidarios del sí, lo que pone de manifiesto que no falla la vocación europeísta de los franceses, sino el procedimiento.

En el plano económico, se espera una gran avalancha de reformas liberales que permitan al país competir en un mercado global. El Estado francés debe, según Sarkozy, reducir para 2012 la deuda pública hasta en un 60% del PIB. Para ello, es preciso recortar gradualmente la plantilla del Estado, no cubriendo todos los puestos vacantes que dejen los jubilados. En cuanto a los impuestos, el nuevo Presidente plantea establecer el límite en el 50% de los ingresos. Con estas medidas, Sarkozy apuesta por la inversión de los recursos que se dejen de percibir generando así nuevos empleos. Además, quiere deducir del impuesto de la renta los intereses de los préstamos hipotecarios, dinamizando de esta manera la compra y, por ende, la construcción de nuevas viviendas. Este liberalismo atenuado ha demostrado su eficacia en las economías de España y el Reino Unido. Francia no se puede permitir el lujo de perder a sus mejores empresarios, que abandonan el país como lo hicieran los hugonotes en el siglo XVII.

El triunfo de Sarkozy tendrá grandes repercusiones en Europa. También en España. Por ello, sorprende la actitud de Zapatero, empeñado en luchar contra los molinos de viento de la historia. Su radical compromiso con la derrota de Royal y su escaso tacto con el vencedor denotan una errónea visión de la política internacional. A José Luis, la victoria de su antítesis le debe sonar como lo que es: una clarinada de alerta, la vanguardia de un oscuro porvenir, acaso la crónica de una derrota anunciada en las próximas elecciones.

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