
En los inicios del siglo XXI se percibe con una intensidad creciente la emergencia de una nueva conciencia europea, una nueva conciencia que debe responder a los postulados que han permitido escribir las mejores páginas de nuestra reciente historia en clave de libertad, de solidaridad, en definitiva de resplandor de esa dignidad de la persona que ahora proclama a los cuatro vientos el proyecto de Constitución, aunque sin la debida protección jurídica. El proceso de integración de los países del viejo continente, largo, lento y esforzado, se ha visto culminado con la creación de la Unión Europea, cuya andadura acaba de comenzar. Semejante transformación ha exigido un cambio en las mentalidades de los ciudadanos, y sólo ha sido posible gracias a que efectivamente dicho cambio es hoy una realidad.
En primer lugar, la ilusión del objetivo político de la unidad de Europa ha tenido que someterse al rigor de los números y las cuentas. No se trata, efectivamente, de una ensoñación romántica de unidad, sino que los políticos que han conducido este proceso tan complejo se han visto obligados a instalarse permanentemente en el plano de la realidad económica, y quien no ha sido capaz, ha fracasado. Pero esa atención económica no se ha hecho como una imposición, sino que los pueblos europeos aceptaron los necesarios programas de ajuste y de convergencia económica que han permitido dar ese paso que es el primero en la constitución de una Europa unida. La economía, claro, aunque no es lo medular, constituye el escenario sobre el que la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales pueden crecer con mayor intensidad.
Además, fue necesario el entendimiento en la mesa de las negociaciones, de mentalidades y culturas que, sobre la base de una común cultura europea, presentaban sin embargo notables divergencias universalmente reconocidas, como las que diferencian, por ejemplo, a los países nórdicos de los mediterráneos, o a los de la periferia atlántica de los del interior del continente. En este sentido, las raíces del viejo continente y la apelación a la herencia de Atenas, Roma y Jerusalén proporcionan un buen ambiente para ele ejercicio de la libertad solidaria.
Por otra parte, se hacía obligado el acuerdo entre formaciones políticas y representaciones nacionales de variado signo político, e incluso, a veces, perteneciendo nominalmente las representaciones a formaciones políticas de la misma familia. Es decir, para la construcción europea se hizo -y se está haciendo- necesario la avenencia y el pacto, para superar las divergencias originadas en la diversidad de modos de interpretar la realidad social y de abordarEl entendimiento, la búsqueda de acuerdos sobre la base del apuntalamiento de la mejora permanente e integral de las condiciones de vida de la gente es una buena metodología de acción política que cuando es auténtica produce insospechados resultados.
La Unión Europea se configura, además, como un escenario en el que no se pueden encontrar supuestas homogeneidades de los Estados nacionales, y solo se hará posible la consecución plena, o más rica, de la unidad que se busca, en la medida en que se desarrolle la capacidad para atender las necesidades y las aspiraciones de lo que es, por la naturaleza misma de las cosas y por la historia, diverso.
Un reto semejante sólo se puede abordar con éxito, pues, movidos por el motor de la ilusión política anidada en el corazón de todos los ciudadanos. Se trata, conforme al deseo expreso de los fundadores del movimiento europeísta, de superar los seculares enfrentamiento que ensangrentaron elpropiciar la aparición de escenarios de mayores libertades, de mayor participación en los asuntos públicos y de mayor prosperidad económica.
Pero la ilusión por una meta compartida debe construirse sobre las bases del realismo político, que se apoya en las posibilidades que todo entorno social y económico encierra, siendo conscientes y aceptando igualmente las limitaciones que necesariamente lo acompañan. Y el realismo político se traduce de modo inmediato en el rigor que exige la sujeción a la realidad de las cosas, y consecuentemente en el rigor presupuestario.
Para llevar a buen término ese complicado proceso es necesario también poner en juego una profunda capacidad de entendimiento, de apertura, de mentalidad proclive a la conciliación de posiciones encontradas, a la afirmación de lo propio contando siempre con lo de los demás, también para que lo propio se haga posible. Se trata de dialogar, de tener la disposición firme de hacer un esfuerzo sin limites en el intercambio de razones, deargumentos y de explicaciones, tanto para comprender la posición de los demás como para hacer comprender la propia, propiciando así los mínimos imprescindibles para ir hacia delante en el camino de la unidad que se busca.
El proceso en el que Europa se ve inmersa desde mediados del siglo pasado exigía, pues, unas determinadas disposiciones como condición imprescindible para abordarlo con ciertas garantías de éxito. Y tales disposiciones no eran sino actitudes de afirmación de los valores democráticos por encima de los preconceptos estrictamente ideológicos o de los intereses exclusivamente nacionales.
España se ha incorporado al proceso europeo, cuando buena parte de su andadura estaba ya realizada, con un rico bagaje político, en buena parte resultado de aquel proceso -por tantos, y en todas partes considerado ejemplar- de la Transición política.
Si algo definió ese proceso fue la conciliación, el afán de entendimiento, el diálogo, la aceptación del pacto constitucional, no como mal menor, sino como única fórmula posible para instaurar una convivencia democrática, que como tal había de ser perdurable, en un país que por tanto tiempo se había asentado sobre la mutua incomprensión y el mutuo hostigamiento.
La necesidad de un marco que permitiera la vida política común, supone, la afirmación de la solidaridad como condición fundante de la vida de los españoles, el diálogo como plataforma de solución de los conflictos sociales. En definitiva, la apuesta decida por una España plural, solidaria y de libertades, eran raíles que nos hacían conducirnos hacia políticas de moderación, de equilibrio y, en última instancia, de eficacia.
El proyecto constitucional español se elaboró además como un proyecto abierto y dinámico, y como tal llevaba implícita la perfectibilidad en su aplicación como una de sus características, de tal forma que la experiencia de su aplicación ha de dictar las reformas o las correcciones que fuesen precisas.
Nuestro modelo constitucional, sobre la base de los principios de solidaridad y subsidiariedad, ha perfilado un marco que recoge de modo notablemente eficaz las múltiples dimensiones en que se desenvuelve la vida de los ciudadanos, en su dimensión local, comunitaria y nacional. El proceso de integración europea no merma ni socava ese marco, sino que amplia y enriquece nuestro horizonte de libertad, convivencia y solidaridad.
El proyecto de Constitución europea, nonnato debido a los varapalos recibidos en los referéndums de Holanda y Francia, debe asumir mayores y más concretos compromisos de libertad y solidaridad porque los desafíos que nos presenta el nuevo siglo son de gran calado y el ambiente de multilateralidad y cooperación a favor de la democracia y los derechos humanos que caracteriza al viejo continente debe seguir.
Pero no nos engañemos, no ganaremos ésta gran batalla por el derecho y la justicia, que es la Constitución europea, sin el empeño constante y cotidiano de cada uno de los ciudadanos europeos por asumir con mayor intensidad en nuestra existencia cotidiana todos y cada uno de los valores constitucionales.
El proceso de integración de los países del viejo continente, largo, lento y esforzado, se ha visto culminado con la creación de la Unión Europea, cuya andadura acaba de comenzar. Semejante transformación ha exigido un cambio en las mentalidades de los ciudadanos, y sólo ha sido posible gracias a que efectivamente dicho cambio es hoy una realidad.
|