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Asamblea y Democracia
Parecidos superficiales, contradicciones profundas
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La protección de los derechos fundamentales
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Marco Elizalde Jalil
¿Por qué los plenos poderes?
Alex Mejía
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Año 1 - Número 4 - Abril de 2007 - Guayaquil, Ecuador
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ASAMBLEA  Y  DEMOCRACIA
Parecidos superficiales, contradicciones profundas

Por Gustavo Arosemena Solórzano

• Máster en Derecho Internacional y Latinoamericano Universidad de Texas.

La democracia, el gobierno del pueblo, siempre fue un ideal de auto-gobierno y expresa o tácitamente se entiende que la única razón que justifica la delegación del poder popular en estructuras más amplias y sofisticadas es la necesidad práctica. Específicamente la necesidad de crear estructuras gubernativas profesionales capaces de manejar los problemas que presenta proveer de servicios públicos -en el sentido más amplio del término- a una población numerosa, enmarcada en las complejidades técnicas de la vida moderna.

La estructura de poder ecuatoriana ha aparecido como injustificable ante los ojos del pueblo y ha sido parcialmente desmantelada en reiteradas ocasiones.

La estructura de poder ecuatoriana ha aparecido como injustificable ante los ojos del pueblo y ha sido parcialmente desmantelada en reiteradas ocasiones. Posiblemente éste 2007 esto vuelva a ocurrir una vez que esté instaurada la Asamblea Constituyente de plenos –absolutos- poderes que pretende el Presidente Correa.

Mi pregunta para los ecuatorianos es simplemente: ¿bajo la situación actual del país, es éste afán de crear una Asamblea de plenos poderes una aspiración verdaderamente democrática? Para mí la respuesta es un rotundo no. Por más irónico que parezca, a pesar del apoyo popular que tiene la asamblea de Correa, ésta no tienen nada de democrática y la razón es sencilla: nadie que tenga un verdadero respeto por la democracia mostraría entusiasmo por un ente tan peligroso cuando no existe justificación de servicio para tal concentración de poderes.

El respeto a la democracia nos obliga a pensar primero en la posibilidad de autogobernarse, después en estructuras de poder modestas, y sólo cuando todas las posibilidades de gobierno limitado se han agotado, sólo cuando los problemas parecen totalmente irresolubles bajo gobiernos parciales, se puede comenzar a pensar en delegar poderes más extensos y nunca en reconocer poderes absolutos.

No hay nada en nuestra historia cercana o remota que nos pueda hacer pensar que para mejorar el sistema político ecuatoriano necesitamos concentrar poderes a un grado máximo, sin ningún tipo de contrapesos. Para mi es evidente que la experiencia democrática del Ecuador hasta el día de hoy -por mas deprimente que sea- no demuestra que los problemas ecuatorianos requieren de una mayor concentración del poder para su resolución, sino todo lo contrario. Los gobiernos que gozan de mayor legitimidad en el Ecuador son los gobiernos pequeños, específicamente las alcaldías. Si alguna lección nos debe dejar la experiencia política del Ecuador es la desconfianza a la concentración del poder político y económico. Si bien hay mejoras que podrían hacerse en la Constitución, como reconocer expresamente el derecho a las autonomías, constituir una asamblea de plenos poderes para realizar estos cambios mínimos es el equivalente jurídico de usar un taladro neumático para poner un clavo en la pared.

Se dice que la razón de ser de la asamblea, no es una humilde reforma constitucional, sino romper la tradición de los gobiernos que han precedido, crear una ruptura política con el pasado. Esperar esto de la Asamblea es una ilusión. Nuestras experiencias con golpes de Estado y cambios presidenciales desesperados lo demuestran.

En los últimos años hemos tenidos en cortos intervalos gobiernos de presidentes de “élite” y presidentes provenientes de extractos más humildes, pero el resultado ha sido siempre el mismo: poca representatividad, poco servicio, exclusión del pueblo y de la sociedad civil del proceso político, demagogia desmedida y desviación del poder a fines innobles.

Lo único que se puede esperar al entregar poderes absolutos para una revolución superficial que a pesar de ser aparentemente democrática, de boca para adentro guarda para si las semillas de la tiranía, es reforzar este patrón. Reemplazar a las antiguas mafias por nuevas mafias, efectuar un mero cambio de cacique.

Los gobiernos que gozan de mayor legitimidad en el Ecuador son los gobiernos pequeños, específicamente las alcaldías.

El verdadero cambio es gradual, requiere la participación de la sociedad, pero no en la forma simplista y esporádica de un referéndum, sino en el día a día de la vida política del Ecuador. El verdadero cambio se extiende bajo la superficie de la sociedad como raíces y luego crece hacia las estructuras gubernativas.

El martillo con el que se pretende golpear desde arriba, la institucionalidad ecuatoriana puede servir también para golpear nuestros derechos y libertades y toda persona con respeto por la democracia debe tomar conciencia de esto.

Para cerrar, quiero reforzar algo que ya he dicho en otra parte. Los defectos del gobierno actual no son razón para olvidar los defectos de los gobiernos pasados. El pueblo se esta apartando de la democracia, está conciente o inconcientemente siendo seducido por el autoritarismo.

El pueblo se esta apartando de la democracia, está conciente o inconcientemente siendo seducido por el autoritarismo.

La culpa de esta preferencia no es únicamente del movimiento social que aboga por el sí, sino de la vieja clase política que nunca le supo entregar al pueblo los frutos de un Estado de Derecho. Esa clase política sembró el descontento que ahora hace tambalear nuestra democracia, y atacar al actual Presidente nunca nos debe convertir en apologistas del pasado. Después de todo, es natural que a aquel al que siempre se le ha negado la justicia no sienta temor frente al prospecto de la erradicación del Estado de Derecho.

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