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Año 2 - Número 18 - Junio de 2008 - Guayaquil, Ecuador
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CUMBRES BORRASCOSAS

Por: Martín Santiváñez Vivanco
Director de Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas (España)

En teoría, se iba a hablar del hambre y del clima. Se intentaba, una vez más, dilucidar cuáles eran las posibles soluciones que tenían que aplicar las naciones latinoamericanas al flagelo de la pobreza y los desafíos del desarrollo sostenible. En la práctica, ni lo uno ni lo otro. Se prefirió, una vez más, el show y los flashes, la coyuntura y el tongo.

La V Cumbre de América Latina, el Caribe y la Unión Europea (ALC-UE) es, para muchos analistas, más de lo mismo. La diplomacia de las Cumbres ha devenido una palestra forzosa para el intercambio de acusaciones ideológicas que iluminan los titulares de los medios de comunicación, pero no materializan acuerdos estratégicos o reformas estructurales viables y necesarias. Las cumbres se están convirtiendo en una especie de ¿Dónde estás, corazón? o Aquí hay tomate de la política internacional, por lo pintorescas y procaces que a veces resultan. En ellas, podemos contemplar desde un monarca que manda callar a un presidente por su incontinencia verbal, hasta un ex guerrillero --Daniel Ortega-- que se queja de España por el coloniaje y el imperialismo planetario. Cosas de la vida, chico.

Lo cierto es que la política de los objetivos, la Realpolitik, no se perpetra en las reuniones oficiales de las cumbres. Jamás se plasma en sus acuerdos. Las relaciones bilaterales han vuelto a cobrar protagonismo, hoy más que nunca, ante el tedio del multilateralismo. Es más importante el desayuno de trabajo de Lula con Zapatero o la cena cuasi romántica de Alan García con Angela Merkel, que las fotos y los saludos protocolarios y las declaraciones platerescas con que suelen clausurarse estos eventos, dignos de la muy barroca Ciudad de los Reyes, Lima. Así, la pobreza, la desigualdad y la inclusión o el cambio climático y la energía pasan a mejor vida cuando los periodistas se enfrentan a una de las soflamas de Hugo Chávez, un experto dinamitador de tertulias internacionales.

Y ello es así debido a un hecho tan pedestre como cierto. Alcanzar acuerdos en Latinoamérica es poco menos que imposible. Conformar bloques, urdir alianzas, establecer objetivos comunes es un trabajo digno de Hércules, no de un puñado de presidentes problemáticos, entre los que destacan no pocos populistas, convictos y confesos. Díganme, a ver, ¿quién en sus cabales incluiría a Bolivia en la negociación del TLC con la Unión Europea? ¿Qué estadista de fuste apostaría por fortalecer la Comunidad Sudamericana de Naciones (hoy Unión de Naciones Suramericanas) con el pitbull chavista --perro del hortelano diría Alan García-- manteniendo a raya a Correa y a Morales? Tarea titánica y harto compleja, imposible en un contexto de cumbres aunque factible en la camaradería bilateral. Quizás por ello países como Colombia, México y Perú han terminado inclinándose por la única solución que sus díscolos vecinos les dejaban: negociar en solitario, buscar salidas realistas, alcanzar y cumplir acuerdos viables. Sobrevivir.

Es tan triste como real. El continente se ha partido en facciones. Hay, diría José María Arguedas, ríos profundos que nos separan, imposibles de vadear. Por un lado, figuran los prochavistas, armados de una ideología trasnochada y caduca, con bolsones quintacolumnistas en cada una de las naciones importantes de Sudamérica. Por otro, un puñado de democracias amenazadas que contemplan impotentes cómo un cerco radical las aísla e intenta ahogarlas, succionarlas. Y, en medio, una amplia variedad de naciones de diverso calado que, merced a sus propios problemas, se mantienen al margen, deseosas de librarse del radicalismo de Chávez, aunque recibiendo las prebendas de su petróleo y su dinero teñido de revolución.

Venezuela se ha convertido, para horror de la mayor parte de los venezolanos, en un emporio de corrupción y en el principal exportador de los entuertos continentales. Bolívar, ante tamaño desbarajuste, se sacude en su cripta. Allí donde él quiso unión, su heredero nominal impone desorden. Financiando a las FARC, Hugo Chávez se ha convertido en el protector de una tropa de asesinos que han mantenido en jaque a Colombia por décadas, impunemente. Ahora, con la complicidad de Correa, Ecuador no pasa de ser un campo de entrenamiento para la guerrilla, una especie de Disneyland para Tirofijo y sus narcoterroristas. El movimiento envolvente chavista --la vieja estrategia de pinza-- amenaza con desestabilizar la democracia colombiana. Más aún si, en la propia tierra de Santander, un movimiento como el Polo Democrático se sumerge en la duda hamletiana: defender a un presidente que detesta con toda el alma o condenar la ambivalencia culpable de Caracas.

Angela Merkel tiene razón. ''Un solo país no puede alterar las relaciones entre la Unión Europea y Latinoamérica'', ha dicho, recomendando de paso tomar distancia con el gobierno lumpenesco de Chávez. A este pedido racional, tan germano como lógico, Hugo, el folklórico, el Viejo Yo encarnado, le ha espetado mil epítetos, todos a la altura de su ignorancia. Merkel, la heredera del Adenauer que plantaba flores en su jardín, la demócrata cristiana es, para nuestro chamán revolucionario, una ''nazi'' de cuidado, una contrarrevolucionaria que sólo busca derrocarlo. ¡Paranoias de un megalómano tropical!

Antes que sonrisas, todo este rifirrafe tendría que preocuparnos. Y mucho. Europa no puede abandonar a su suerte a las democracias latinoamericanas. Y Estados Unidos, menos. Si no queremos terminar en unas cuantas cumbres más negociando con Chávez y sus satélites, atados de manos ante las exigencias rocambolescas de un Pol Pot del petróleo, urge actuar con decisión. Conducirse en varios frentes: el económico y el diplomático. La presencia norteamericana es vital para la supervivencia de la región. Preocupado por sus intereses en Oriente Medio y en Asia, el gobierno norteamericano no puede, no debe olvidar que América Latina, su aliado natural, se debate entre el radicalismo y la estabilidad institucional, entre la autocracia y la libertad. Hoy más que nunca, vale la pena involucrarse.

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