
La revolución social, la ruptura súbita de todos los moldes institucionales, la creación incesante de nuevos paradigmas políticos, las promesas de edenes colectivos, no es para nada una cuestión nueva. La ruptura de lazos de lazos coloniales de los trece enclaves ingleses en Norteamérica, afianzada en 1787, fue el primer gran terremoto institucional que cambió para siempre la concepción del poder político. Aquella fragua, protagonizada por la clase dirigente de Virgina o Nueva York, fue quizás también la única exitosa. A pesar de su laureado propósito, la más famosa de todas las revoluciones, la francesa, resultó ser un rotundo fracaso histórico. Apenas cuatro años después de la toma de la Bastilla, las masas, desilusionadas con el manejo económico del gobierno revolucionario, iniciaron nuevamente las protestas. En respuesta, Maximilien Robespierre, al mando del infame Comité de Salud, inició unos de los peores episodios de represión conocidos en la historia, periodo conocido como el Reinado del Terror. Robespierre fue ejecutado poco después. En 1799, Napoléon da un golpe de Estado y adiós a los derechos del hombre, al menos por un tiempo. Desde entonces, toda revolución de supuestas masas ha sido un fracaso.
Uno de los grandes problemas de las transformaciones sociales en la historia, fruto de la interpretación tergiversada del ideal democrático, es esa perversa idea de poner al hombre-masa como actor de las decisiones más importantes de la vida pública. La mediocridad, la uniformidad, el igualatarismo, ha sido y es el peor enemigo de estos procesos.
En alusión a este fenómeno, José Ortega y Gasset, en uno de sus más brillantes ensayos, decía:
En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos definir si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo –en bien o en mal– por razones especiales, sino que se siente como todo el mundo y, sin embargo no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás. Imagínese un hombre humilde que al intentar valorarse por razones especiales –al preguntarse si tiene o no talento para esto o lo otro, si sobresale en algún orden– advierte que no posee ninguna cualidad excelente. Este hombre se sentirá mediocre y vulgar, mal dotado; pero no se sentirá nunca masa.”
“Cuando se habla de minorías selectas, la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esa expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indiscutible que la división más radical que cabe hacerse de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.”
La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por lo tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización de las clases en clases inferiores y superiores (La Rebelión de las Masas).
Para el italiano Giovanni Sartori el hombre-masa es vulnerable y por lo tanto disponible: “su comportamiento oscila entre los extremos de un activismo extremista o de la apatía.” Para el que elige la senda del extremismo, como apunta Albert Camus, “un patriota es el que sostiene la república en masa; cualquiera que la combate en detalle es un traidor.” Poco queda que agregar. Esperemos que los framers de Montecristi constituyan una “minoría selecta”, en el sentido referido por el brillante Ortega, y no un simple puñado de hombres masa. |