
Los Estados Unidos de América constituye el ejemplo más emblemático de la historia de la migración. A lo largo de más de dos siglos, la primera democracia del mundo se ha nutrido de la llegada de extranjeros deseosos de progreso. Cualquier afán de reformar nuestro sistema migratorio debe partir de esta premisa. Hoy, como ayer, los extranjeros aportan a nuestra colosal maquinaria económica la flexibilidad que necesita, satisfaciendo la creciente demanda de trabajadores.
Gracias al alud de peregrinos en busca del American Dream el mercado laboral estadounidense continuará creciendo en el siglo XXI, mientras otras economías industrializadas se verán obligadas a ajustarse a una oferta de mano de obra en franco declive. Los recién llegados están dispuestos a realizar aquellas tareas que aquí nadie quiere hacer. De esta forma se complementa la fuerza de trabajo nativa, por lo general cualificada para plazas laborales mejor pagadas. En consecuencia, los extranjeros no compiten directamente con la gran mayoría de los trabajadores americanos. El pequeño segmento de la fuerza de trabajo nacional que rivaliza directamente con los recién llegados, sirve más como balance económico, gracias a los bajos precios que todos los habitantes disfrutan debido a la “mano de obra barata”.
A pesar de lo que muchos creen, EEUU no está siendo inundada por inmigrantes. El número de personas que se radican en el país cada año es aproximadamente de 1.2 millones de personas. Esto representa un record en términos absolutos, pero no lo es con respecto a la población. Esta ha crecido hasta alcanzar los 300 millones de almas, la tasa anual hoy es de 4 inmigrantes por cada mil habitantes, mientras que, entre 1901 y 1910, llegaba apenas a los 10.4 individuos extranjeros por cada millar de personas. Hoy cerca del doce por ciento de la población estadounidense ha nacido en territorio extranjero. Por debajo de las cifras de 1910, cuando 14.7 por ciento de la gente que vivía en nuestro país no habían nacido en él.
Uno de los aspectos problemáticos es el alto porcentaje de ilegales. Casi un tercio de los extranjeros residentes no está regularizado, cantidad a la que se suma un promedio de medio millón cada año. No obstante, la razón fundamental de este fenómeno es que nuestra legislación migratoria no obedece a una política realista. Aún cuando nuestra economía es cada día más avanzada en términos tecnológicos, la demanda por mano de obra no calificada sigue creciendo. Muchos sectores productivos dependen de la inmigración para seguir siendo competitivos. Y esta situación sólo irá a más. Según el US Department of Labor, el mayor crecimiento en la oferta de trabajo se dará en aquellos puestos que requieran “corto plazo de entrenamiento”. Se estima que, durante la próxima década, se crearan más de cuatro millones de plazas de trabajo en aquel tipo de actividades. Mientras tanto, la oferta trabajadores norteamericanos dispuestos a aprovechar esas nuevas oportunidades es cada vez más escasa. Ello se debe a que la población estadounidense envejece rápidamente y, además, a que está mejor capacitada que nunca.
En estos momentos, nuestro sistema de extranjería no ofrece un camino legal para que extranjeros emprendedores no residentes entren, así sea de forma temporal, para desempeñar trabajos que los estadounidenses no aprecian. La consecuencia ha sido el incremento de la inmigración ilegal. La represión pura y dura no da resultados: El gobierno incrementó diez veces el gasto en patrullas fronterizas desde 1986. Sin embargo, el número de inmigrantes ilegales sigue creciendo.
Las respuestas basadas en la mera agresividad han tenido consecuencias nefastas. Según el estudio del Cato Institute, durante los noventa, se impidió la entrada de inmigrantes por los puntos de paso más frecuentes como paso fronterizos en carreteras y en aeropuertos. Como resultado, aquellos que se atreven furtivamente por la frontera de México tienen más posibilidades de no ser descubiertos, por lo que el desierto se ha convertido en el lugar preferido de paso. El balance: más de tres mil “espaldas mojadas” han muerto en la última década intentando cruzar la frontera. La lección que nos dejan los dos decenios pasados es clara: el endurecimiento de la ley, por sí solo, está abocado al fracaso.
La única respuesta realista es una reforma migratoria global. Dicha reforma debe crear un camino legal para que trabajadores extranjeros entren, de manera temporal, y llenen el vació que hay en trabajos vitales para nuestra economía. Hay que garantizar visas temporales, renovables y con entradas múltiples. Legalización no significa amnistía ni un estado de anarquía. Se trata de legalizar a los que ya están aquí y los cientos de miles que vienen cada año. Hay que cambiar nuestro marco jurídico, para que sea consecuente con la realidad de un país que continúa creando amplias oportunidades para nacionales y extranjeros por igual. |