
A lo largo del último año, China ha destronado a Estados Unidos como la primera fuente de emisiones contaminantes. No obstante, hace pocas semanas, Pekín anunció que no hará caso a los esfuerzos de la comunidad internacional por controlar la emisión de gases de efecto invernadero. Tan sólo unos años antes, el presidente Bush, en una actitud similar, frustró la adhesión de Estados Unidos al Protocolo de Kyoto, argumentando que su aplicación sería muy costosa y poco beneficiosa para el pueblo norteamericano. Por otra parte, entre las naciones europeas, que con tanto entusiasmo vitorean dicho protocolo, son pocas las que cumplirán con los objetivos establecidos. Todos opinan que el cambio climático es un problema, pero nadie se pone de acuerdo sobre cómo solucionarlo.
La opinión pública condenó en su momento la actitud egocéntrica del gobierno estadounidense. Sin embargo, la verdad es que todos los países no han hecho más que cuidar sus propios intereses. Washington, de acuerdo al polémico acuerdo de Kyoto, tendría que cargar con dos tercios, o más, de los costes del proceso de saneamiento ambiental. Ello a pesar de que, según proyecciones recientes, los mayores perdedores del calentamiento global, en términos sanitarios y económicos, serían Europa y el tercer mundo. Tanto la China como los Estados Unidos se presentan menos vulnerables. Según ciertos análisis, incluso es posible que países como Rusia incrementen su potencial agrícola si las temperaturas aumentan.
Por lo general, los Estados, como las personas, suscriben acuerdos cuando estos son beneficiosos para ellos mismos, no cuando favorecen a otros. En 1987, por ejemplo, el gobierno americano presionó para la firma del Protocolo de Montreal, por el que se restringió la emisión de químicos que afectaren la capa de ozono. Poco tuvo que ver este gesto con el altruismo. Lo que pasó fue que Reagan decidió firmar luego de ver un análisis costo-beneficio que lo convenció de que EEUU ganaría más de lo que arriesgaría con dicho convenio. La veda de los químicos nocivos para la capa de ozono no representaba mayor impacto para la industria estadounidense. Paradójicamente, los países en desarrollo se opusieron a la firma de dicho acuerdo. A cambio de su consentimiento, los Estados más pobres recibieron importantes prebendas por parte de los ricos. Cuando un grupo de Estados busca apoyo internacional para aprobar nuevos acuerdos, y los potenciales suscriptores tienen poco que ganar de sus propuestas, es probable que las diferencias se ablanden estipulando side-payments.
¿Por qué Washington debe asumir el grueso de los costes en la prevención del calentamiento global si no obtiene mayores beneficios? Existen dos respuestas probables. La primera es que Estados Unidos es una superpotencia económica. Los países ricos, según esta postura, deben ocuparse de los gastos necesarios para proteger a toda la comunidad. Puede que para muchos esta alternativa resulte atractiva, pero si todo consiste en ayudar a los que menos posibilidades tienen, entonces lo que la Casa Blanca debería de hacer es incrementar sustancialmente la ayuda financiera al desarrollo. Si en verdad hablamos de justicia “distributiva”, no es lógico que Washington soporte el tramo más pesado de la carga del cambio climático.
Otra respuesta posible es que EEUU es responsable del 30 por ciento del stock de gases contaminantes. Entonces, si estamos ante un asunto de justicia conmutativa, el gobierno americano tendría una responsabilidad especial. No obstante, este argumento tiene los mismos matices de otras reparaciones basadas en injusticias históricas y, por tanto, adolece de las mismas falencias. En primer lugar, las naciones no son individuos sino un grupo de individuos. La mayoría de las personas responsables por los gases emanados han fallecido. Por otra parte, si el mundo quiere culpar a las naciones industriales, no cabe un argumento de justicia conmutativa, dado que el impacto negativo tendría que ser mayor que los beneficios alcanzados por la actividad contaminante. Hoy en día, nadie puede negar que el desarrollo de la tecnología industrial ha contribuido a elevar los estándares de vida en el planeta.
Es indudable que se requiere de una respuesta global. Pero hay que reconocer que unos se verán más afectados que otros si las temperaturas suben. Y, además, que ninguna nación va a realizar grandes sacrificios si con ello no obtiene ventajas significativas. Es hora de ofrecer a China mayores incentivos para apoyar el proceso. Por otro lado, urge convencer a Washington de que podría ganar más de lo que arriesga si se une a la lucha. De lo contrario, pocas son las probabilidades de un entendimiento efectivo. |