Con mucha frecuencia en el Ecuador se utilizan conceptos políticos que no todos conocen lo suficiente. Expresiones tales como izquierda, derecha, centro, centro izquierda, centro derecha, socialismo, capitalismo, mercado, globalización, liberalismo, neoliberalismo, intervencionismo, etc., son utilizadas en prácticamente todos los círculos sociales y por supuesto, por los políticos.
De hecho, ciertos conceptos están muy de moda, como por ejemplo el de socialismo del siglo XXI.
De otra parte y como se sabe, existe en la religión especialmente, una expresión que se utiliza para aceptar sin más ciertas verdades que se consideran absolutas, aunque no exista forma de demostrarlas. Estas verdades absolutas, que son tales porque se considera que provienen de Dios, y que están basadas en la fe, se conocen con el nombre de dogmas. Es decir, son verdades en las que se cree sin que se admita réplica u objeción. Estos dogmas no pueden criticarse, probarse ni negarse. Negar un dogma equivale a negar la fe misma. Son ejemplos la Inmaculada Concepción de María o su ascenso en cuerpo y alma al cielo.
Trasladado el concepto de dogma a la política, tenemos que son aquellas concepciones o criterios que son propios de una forma de pensar que no admite objeciones y que van ligados al concepto cual la cola de una cometa. Si el nombre de la cometa es “izquierda”, su cola son una serie de características intrínsecas que no pueden desparecer. Lo mismo ocurre con la derecha.
¿En qué consiste tener una actitud política dogmática? En creer que las medidas políticas y económicas deben adoptarse porque corresponden a la tendencia, sin consideraciones de ningún otro tipo.
Así, ser dogmático de izquierda significa creer que para lograr el progreso y bienestar es necesario tener un Estado paternalista, fuerte, concentrador de poder, centralista, autoritario, que sea propietario de los recursos naturales y de los medios de producción, prestador directo de servicios públicos a través de empresas públicas, nutridas de muchos funcionarios públicos, a efectos de proporcionar empleo a muchos, que otorgue subsidios para los más pobres, que no permita la invasión de productos de otros países, que proteja la industria nacional, a pesar de que sea ineficiente, ya que así se protegerán empleos, que busque por sobre todas las cosas que todos tengan el mismo nivel de vida, aunque para ello deba limitar el crecimiento individual de sus habitantes y, por supuesto, que emita moneda propia, que fije las tasas de interés, que limite o elimine la circulación de capitales, que defienda la soberanía del pueblo, se oponga a la presencia de empresas extranjeras y que regule todos los ámbitos de la actividad privada, la cual debe se reducida al mínimo, aunque con ello se afecte la libertad de sus habitantes.
Ser dogmático de derecha implica creer que se requiere un Estado reducido, con un aparato burocrático pequeño, que no concentre el poder, que permita la inversión extranjera en todos los sectores de la economía, para así generar empleo, que permita la actividad privada en la explotación de recursos naturales, que permita la actividad privada en la prestación de servicios públicos, los cuales deben ser desregulados, que busque mercados en el exterior para vender los productos que se producen en el país, que deje a la empresa privada nacional competir en igualdad de condiciones con las extranjeras, que no establezca regulaciones que afecten o distorsionen la oferta y la demanda, es decir, el mercado; que no sea proteccionista con las empresas ineficientes, que permita el funcionamiento libre de entidades financieras, que no fije tasas de interés máximas ni mínimas y que permita el desarrollo amplio del mercado de capitales, aunque con ello se afecte la igualdad de los habitantes.
Los dos consideran que esas recetas deben ser aplicadas en su conjunto, es decir, la fórmula debe ser completa. Con estas recetas, la felicidad será cosa de tiempo.
Por supuesto, hay quienes piensan que la diferencia fundamental entre la izquierda y la derecha es simplemente la de decidir qué es más importante: si la igualdad (patrimonio de la izquierda) o la libertad (patrimonio de la derecha). En ese sentido se han ideado fórmulas que han pretendido tomar lo mejor de los dos mundos, de las cuales han surgido fórmulas políticas que se tornaron muy populares “justicia social con libertad”, significando con esta expresión una opción preferente por los pobres pero sin que tal opción afecte la libertad.
De otra parte, siempre se identificó a la derecha con el liberalismo, tan caracterizado por la expresión “dejar hacer, dejar pasar”, que significaba no otra cosa que dejar que sea el mercado, es decir, la oferta y la demanda, y no el Estado el que se encargue de regular la economía. Luego, con los años, y ante la imposibilidad de que este “dejar hacer y dejar pasar” efectivamente fuera posible, ya que el Estado se volvió un actor más en el mundo empresarial, no solo dictando las regulaciones sino participando abiertamente en la economía a través de las empresas públicas, surgió el planteamiento de privatizar tales empresas, de concesionar la prestación de servicios públicos y de delegar la prestación de servicios públicos al sector privado, eliminando los monopolios y propiciando la ninguna intervención del Estado en la regulación de la economía. A esta tendencia se denominó el “neoliberalismo”, es decir, un nuevo liberalismo, que ha sido tan profundamente atacado por los sectores de izquierda. En el Ecuador, el neoliberalismo tuvo su punto más alto en 1993, con la expedición de la Ley de Privatizaciones y Prestación de Servicios por parte de la Iniciativa Privada , dictada durante el gobierno del Presidente Durán Ballén. Sin embargo, ¿se aplicó realmente esa ley y ha sido verdaderamente el Ecuador un país que ha sido gobernado por neoliberales? Para muchos, la respuesta es negativa. De hecho, leyes como la que permitió la garantía de depósitos, o aquella última propuesta para regular el destino de los créditos, son una muestra de cualquier cosa menos que de neoliberalismo. El hecho de que sectores considerados como de derecha las hayan auspiciado, no significa que las mismas sean de la esencia del neoliberalismo.
Incluso, en los últimos meses se ha afirmado que la propuesta o el planteamiento de descentralización política es la consecuencia de un esquema neoliberal de pensamiento, cuando en realidad, el basamento mismo de la propuesta es el de lograr hacer efectivo el derecho a un buen gobierno a través del acercamiento de la gestión pública a los ciudadanos, lo que implica un enorme esfuerzo para construir una sociedad auténticamente democrática.
Lo cierto es que en la actualidad y en el Ecuador, los dogmas políticos siguen teniendo una gran fuerza. La corrupción no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha, como tampoco lo es el bienestar. Sin embargo, seguimos enfrascados en las mismas estériles discusiones y pensando que el país se va a salvar aplicando una u otra receta. Me parece que es hora de terminar con los dogmas políticos, no con la política. Que el Congreso debe ser disuelto se escucha con mucha frecuencia, confundiendo al Congreso como institución, imprescindible en un sistema democrático, con los congresistas que por obedecer a los dueños de los Partidos Políticos han causado tanto desprestigio. El problema no está en las instituciones. El problema está en la gente. Quien no lo entienda así, seguirá actuando dogmáticamente y postergando el futuro del país por muchos años, con el riesgo de sembrar en el camino únicamente caos y violencia.
Por cierto, no todo es izquierda o derecha, ni puede ser encasillado en los dos extremos. Hoy tenemos por suerte, otra alternativa, la del “espacio de centro”, que no es una línea equidistante entre izquierda y derecha, sino que por el contrario, es un espacio propio que tiene como fundamento principal el reconocimiento pleno de la dignidad de las personas. Por eso, cuando me preguntan si soy de izquierda o de derecha, claramente respondo que soy de centro, pero de este centro.
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